
FEDERICO CAMPBELL
Por Daniel Salinas Basave
Para Federico Campbell Tijuana es leche materna, piedra fundacional y cimiento de su inspiración. Desde su hogar-biblioteca en la colonia Condesa, Campbell siente nostalgia por una Tijuana que ya no existe, la Tijuana de los años 40, la ciudad que vio en su éxodo Fernando Jordán, la Tijuana de los primeros aviones. Al igual que Auster y Kafka, sus letras van en busca del padre al que Federico encuentra al descifrar la clave Morse.
Heredero literario de Sciascia, y devoto de Conrad, Campbell ha sabido consumar el conflictivo y a menudo engañoso matrimonio entre periodismo y literatura. Su nuevo amor se llama Berlín, una ciudad que lo ha hechizado, aunque si hay algo que puede emocionarlo es un típico mercado mexicano o la simple contemplación de un árbol. Federico platicó con nosotros en una oscura tarde en que la lluvia caía con furia sobre su casa de la colonia Condesa entre un mar de libros.
Federico es un conversador disperso pero sumamente ameno cuya charla salta del periodismo a la literatura, el uso del lenguaje y el simple anecdotario. Escucharlo hablar de literatura y descubrir tantos puntos de coincidencia es un agasajo. Siempre lo he relacionado con la región italiana de Sicilia, Sciasia y Rulfo, pero me sorprende que coincidamos en el gusto por Hanif Kureishi y Paul Auster.
En su último libro Padre y Memoria, Campbell diserta en torno a la relación paterna de célebres autores y las obras inspiradas por la memoria o la búsqueda del progenitor. El recuerdo no poseído se fabrica; la memoria traiciona, juega bromas pesadas y tuerce los recuerdos; al final de cuentas, el escritor carece de pruebas de laboratorio. Federico Campbell escribe lo que recuerda, pues la memoria, atiborrada de equívocos, dicta párrafos caprichosos vestidos con el traje de la verdad aparente. Esta fue nuestra conversación aquella tarde de lluvia intensa en La Condesa.

Federico ¿Qué significa Tijuana para usted?
Para mí Tijuana es la madre, es la leche tibia, es el hogar originario al que siempre estoy volviendo porque como dice Franz Kafka, hay un pájaro que vuela en busca de su jaula. Es un poco el regreso a casa el tema que más me inquieta, porque desde los clásicos el regreso a casa es un tema fundamental en la literatura, desde la tragedia griega. Ulises volviendo a Ítaca. Basta volver a casa para volver a estar lleno de implicaciones autobiográficas, emocionales, mentales. Por eso Tijuana es muy entrañable y en mi vida de escritor, en el campo de la recreación literaria Tijuana es significativa y se vislumbra en mis libros.

¿Qué añora de Tijuana, qué extraña de Tijuana?
Paradójicamente lo que extraño de Tijuana es una Tijuana que ya no existe. Es como una fotografía de Tijuana de 1924, una Tijuana incipiente, una Tijuana que empieza a nacer y es en gran parte la misma Tijuana de los años 40 la que añoro, que es cuando empiezo a estar en este mundo. Yo nací en 1941 y crecí en una ciudad pequeña que no llegaba a los 50 mil habitantes y se vivía la tensión de la Segunda Guerra Mundial, específicamente la del Pacífico y se temía una agresión de los japoneses desde el mar. Eran años en que la gasolina y las llantas eran escasas por la guerra.

¿Qué recuerdos tiene de aquellos años?
En la familia vivíamos no con recursos de sobra, pero con la felicidad que trae la infancia. Mi papá trabajaba en el telégrafo y construyó la casa con sus propias manos. Mi mamá iba a la escuela a dar clases y bueno, tengo la imagen de la calle Río Bravo, mis compañeritos de escuela, Óscar Valenzuela, Ernesto Valenzuela, mi tocayo Federico que era primo de los Valenzuela. Mi madre abriendo una escuela particular en la casa que a las 4:00 de la tarde se llenaba de niños a los que mi madre les daba clases de matemáticas, de geografía. Eran clases para niños que traían un retraso en la escuela. Mi recuerdo es de un barrio con las calles cerradas por las zanjas abiertas para ir abriendo tubería. Teníamos en esa época la plaza de toros que recibía a miles de visitantes norteamericanos. Aún estaban las ruinas del Casino Agua Caliente y nadábamos en la alberca todo el verano por 25 centavos de dólar. Creo que es la subjetividad de la infancia. Mientras un niño tiene afecto, tiene techo y tiene comida su infancia es feliz y hasta una ciudad como Mexicali puede ser el paraíso.
¿Es esa la Tijuana que usted retrata en libros como Tijuanenses o La Clave Morse?
Bueno, no está retratada con exactitud, porque la percepción que tiene el escritor es una percepción que combina con la percepción del lector en donde se va creando una Tijuana imaginaria. Cada lector se crea una Tijuana diferente a partir de la lectura. Esta percepción de Tijuana es muy espontánea, sin intenciones deliberadas. Yo registré lo que sentía o lo que creo recordar que sentía cuando yo tenía 14 años. Es una Tijuana que habita en la memoria y terminada la secundaria me fui a vivir a Hermosillo en donde ya entré a un ambiente de universidad, de inquietudes juveniles.

¿Cada cuando visita Tijuana?
Cada año por lo menos una vez, pero a veces dos, tres, cuatro veces en un año. No lo tengo nunca planeado. A veces voy por una conferencia, para participar en una feria del libro que me invitan. A veces tengo algún compromiso con mis hermanas o mis sobrinos, pero siempre soy materia dispuesta para ir a Tijuana.

¿Cuando va a Tijuana qué le gusta hacer?
Me gusta conversar con mis hermanas y con uno de mis sobrinos especialmente. Las cosas más cotidianas son las que me atraen como ir a cenar una pizza en el Saverios o ahora en el Cesar a probar la ensalada tan sabrosa. Tomo café con mis amigos y me interesa hablar con periodistas de Tijuana, porque los periodistas son los que tienen las antenas más despiertas y los que le toman el pulso a la ciudad. Ellos van escribiendo una suerte de cardiograma de los tijuanenses y la ciudad, la ciudad como un ser vivo.

¿Cómo concibe a Tijuana desde la distancia de 3 mil kilómetros?
Yo no sé por qué, pero uno piensa en Tijuana en femenino. Tijuana es ella, no es él. A lo mejor por la abundancia o la presencia de dos A en su nombre, y asociamos la A con lo femenino y la O con el masculino. Para mí Tijuana es la madre, es el punto de partida y ahí empezó la película y lo más importante e interesante de la película, se vivió en los primeros diez años de mi vida. Después de los diez años, ya no le suceden a uno cosas más interesantes que las que le sucedieron en la infancia. Así lo dice García Márquez. Después de los diez años ya no le pasan a uno cosas tan interesantes. Supongo que ese es el efecto que tiene para cualquier persona su ciudad natal. Es donde se aprende a reconocer y querer el mundo.
México tiene La Región Más Transparente de Fuentes, Buenos Aires Sobre Héroes y Tumbas de Sábato, París toda la Comedia Humana de Balzac ¿Cuál es la gran novela de Tijuana? ¿O cree que la está esperando todavía?
Creo que todavía no se escribe. Es como el Manhattan Transfer de Dos Passos que habla de Nueva York. Creo que narradores como Luis Humberto Crosthwaite han empezado a dar una presencia de la ciudad en sus letras y han conseguido un lugar para Tijuana en el catálogo de la narrativa mexicana. Podría ser también el caso del poeta Francisco Morales o un ensayista como Humberto Félix Berumen o la obra ensayística que con gran talento impulsa Heriberto Yépez, pero creo que todavía no se ha dado la gran novela de Tijuana. Entiendo que de manera metafórica se diga que una ciudad es el personaje, pero los personajes de la novela son seres humanos con vida propia, únicos, no son tipos, sino personas irrepetibles y únicas. Pero coincido en que todavía no nace la gran novela tijuanense. Ya sucederá en el futuro inmediato pues hay una nueva generación de escritores muy inquietos.
FEDERICO CAMPBELL nació en Tijuana, Baja California en 1941. Es autor de Pretexta o el cronista enmascarado, Tijuanenses, La invención del poder, Máscara Negra Periodismo Escrito, Transpeninsular y Padre y Memoria, entre otras obras.
Hizo estudios de Filosofía y Derecho en la UNAM.
De 1977 a 1988 trabajó como reportero de la revista Proceso.
En 1967 obtuvo la beca de The World Press Institute en Saint Paul, Minnesota y en 1969 fue corresponsal en Washington D.C de la Agencia Mexicana de Noticias.
Fundó en 1977 la editorial La Máquina de Escribir. Ha traducido del inglés y del italiano algunas obras de Shakespeare, Harold Pinter, David Mamet y Leonardo Sciascia.
En 1995 obtuvo la beca que otorga la John Simon Guggenheim Memorial Foundation para escritores de ficción literaria.
![]()


